La comunicación con los hijos

Todos los padres y madres del mundo lo saben: Hablar con los hijos NO es fácil. La dificultad en la comunicación familiar es uno de los factores que mayor preocupación y malestar genera en nuestra vida doméstica. Pero ¿por qué es tan difícil hablar con los hijos? Y, sobre todo, ¿qué podemos hacer para mejorar la comunicación familiar?

¿Por qué es tan difícil hablar con los hijos?

El conflicto es un hecho cotidiano al que todos nos enfrentamos en las relaciones familiares, en nuestro trabajo, en nuestras relaciones de vecindad, etc. Se produce de muchas formas, con distinta intensidad y en todos los niveles del comportamiento. Se origina en situaciones propias de la convivencia y de las relaciones humanas y por ello se ha afirmado que el conflicto es connatural a la vida misma.

En las relaciones familiares, la dificultad para hablar con los hijos no es un percepción de los padres: las investigaciones señalan que en el algún momento entre la infancia y la adolescencia la comunicación entre los hijos e hijas y sus progenitores se deteriora. Los conflictos comienzan a surgir en torno a los 3-4 años alcanzando la máxima intensidad en torno a los 10-12 años. Afortunadamente, a partir de esta edad los conflictos disminuyen en frecuencia e intensidad. Los conflictos con los hijos, independientemente de la edad, suelen estar relacionados con la autonomía.

La comunicación en cada etapa

Los primeros conflictos surgen en la infancia como consecuencia de la incorporación del niño a las actividades de la vida cotidiana, en unos casos porque la dependencia es excesiva (por ejemplo no quieren comer o vestirse solos) y en otros porque la independencia es máxima (por ejemplo quieren decir que ropa ponerse, qué comer o a dónde ir). Aunque en esta etapa, hablar con los hijos no tiene un lugar destacado en la vida familiar.

En cambio, a medida que nos acercamos a la adolescencia la comunicación se convierte en un elemento clave de la vida familiar. Las normas del hogar, sus planes de futuro, lo que hacen en su tiempo libre y las amistades son los temas más frecuentes en la comunicación padres/madres – hijos/hijas, tratándose menos frecuentemente todo lo relacionado con drogas, política, religión y sexualidad. Si bien es cierto que tanto los chicos como las chicas suelen hablar más y de temas más íntimos con las madres. En la adolescencia los conflictos surgen principalmente en torno a dos áreas: la vida doméstica y los estudios. 


Aunque la dinámica que se establece durante la adolescencia está muy condicionada por la que se estableció en la infancia, el aumento de la conflictividad en estos  años es un fenómeno normal e incluso positivo para el desarrollo de chicos y chicas. Siempre y cuando ocurra en un contexto familiar cálido y de comprensión mutua, las situaciones conflictivas provocan un reajuste  familiar que permite al adolescente desarrollar su autonomía y forjarse una identidad diferente a la de sus progenitores.

5 Errores frecuentes en la comunicación con los hijos

  1. Juicio/moralización, “deberías…”“lo que tienes que hacer es…”. Nos referimos a la tendencia a dar órdenes autoritarias y decisivas sobre lo que el otro es, debe de hacer y no hacer. Si se realizan de manera muy reiterada, y sin haber realizado una escucha previa, genera en quien la recibe la sensación de no haber sido entendido y de tener que cumplir las órdenes de los adultos sin posibilidad de cuestionarlas.
  2. Ridiculización, sarcasmo, ironía (“mira que mayor parece, si hasta se ha pintado los labios” o “vaya, parece que eres muy mayor con tu nueva bicicleta”). El uso de estilos de comunicación que se soportan sobre la base del humor, la ironía, la broma o la socarronería pueden, más allá de la intención inicial de “romper el hielo” o divertir, colocar al joven en un estado de inferioridad, ridículo, incomprensión e incapacidad de maduración.

  3. Etiquetación (“eres un desobediente”). Consiste en convertir un comportamiento concreto en un rasgo de personalidad y juzgarlo negativamente, cogiendo la parte por el todo. Este estilo suele generar el rechazo de la persona etiquetada y dificulta la comprensión, por parte de quien lo presenta, del comportamiento o comportamientos que han originado la etiqueta. Las etiquetas no explican los comportamientos de las personas, sólo generalizan lo que hace la persona.
  4. Momento o lugar inadecuado. En ocasiones empleamos comentarios y observaciones acertadas en cuanto a contenidos, que no lo son en cuanto al momento y lugar en el que son manifestados.
  5. Negativismo (“Nunca haces nada bien”). Hace referencia a la tendencia a captar sólo lo negativo en relación a la capacidad del otro. Normalmente genera pensamientos improductivos hacia lo que el otro puede o no puede hacer, llevando hacia posturas pesimistas que invalidan las posibilidades de quien recibe el comentario.

¿Qué podemos hacer para mejorar la comunicación familiar?

En la infancia…

  • Mostrar a nuestros hijos un modelo claro y sencillo de lo que esperamos de ellos.
  • Confiar en la capacidad de los hijos para autorregularse.
  • No hacer por nuestros hijos lo que esperamos que hagan ellos solos.
  • Tratar de producir excepciones y felicitar a nuestros hijos por ellas.
  • Dejar de mostrarnos competentes para resolver todos los problemas.
  • Evitar elementos que favorecen el comportamiento que queremos evitar. Por ejemplo, utilizar un tono de voz elevado cuando queremos que nuestro hijo o hija se tranquilice.
  • No premiar ni destacar el comportamiento que queremos evitar.

En la adolescencia…

  • Ofrecer confianza es la mejor manera de recibirla. Nuestros hijos difícilmente confiaran en nosotros si perciben que nosotros no confiamos en ellos.
  • La negociación será la mejor estrategia. En líneas generales, ofrecer libertad a cambio de responsabilidad y viceversa.
  • Dar valor. Los adolescentes se encuentran en una etapa de autoafirmación y búsqueda de la identidad. Es importante que valoremos sus opiniones, sus deseos y sus expectativas aunque éstas puedan cambiar con el tiempo.
  • Ser naturales y reconocer lo que nos asusta. Hay cosas que los padres no saben, que no quieren responder o que les ponen incómodos.
  • Alejarse de la situación. Si no nos sentimos capaces de hablar con calma, dejemos la conversación para más adelante
  • Pedir cosas asequibles; tener presente qué características de nuestros hijos nos resultan más útiles y recurrir a ellas con frecuencia. Potenciar los aspectos positivos.
  • No insistir con los fracasos; tener presente qué características de nuestros hijos nos preocupan más y ser delicados al hablar de ellas. No centrarnos solo en lo malo.
  • No imponer nuestra ayuda. Ofrecernos y respetar el criterio del adolescente.
  • Tratar de obligar a alguien a hablarnos de algo que prefiere no contarnos…¡es la manera más eficaz de conseguir que no quiera hablarnos de nada!
  • Dejar que sean los hijos quienes tomen la iniciativa para hablar de temas como política, religión o sexo.

Referencias
1. Parra, A. y Oliva, A. (2002). Comunicación y conflicto familiar durante la adolescencia. Anales de psicología, 18, 2, 215-231.
2. Muñoz, C. (2007). Inteligencia Emocional: el secreto para una familia feliz Una guía para aprender a conocer, expesar y gestionar nuestros sentimientos. Madrid: Dirección General de Familia, Comunidad de Madrid.
3. García, L. y Bolaños, I. (Coords.)(2010). Guía Cómo resolver los conflictos familiares. Madrid: Dirección General de Familia, Comunidad de Madrid.